Europa tiene su papa caliente. Torpe uso del la ciencia

La Comisión Europea autorizó este martes el cultivo -dentro de sus estados miembros- de una variedad de papa genéticamente modificada.
La variedad Amflora, desarrollada por la firma alemana BASF y que se utilizará en la industria del papel y como alimento para animales, se convierte así en el segundo producto transgénico que se cultiva en el bloque.
Esta decisión, alcanzada sin unanimidad tras una polémica que se extendió por cerca de siete años, fue duramente criticada por diversas organizaciones ecologistas.

Resistencia a los antibióticos
Muy semejante a una papa tradicional, esta variedad contiene una gran cantidad de almidón ideal para la fabricación de papel resistente y otros derivados de la industria papelera, así como para forraje.
Pero también contiene un gen marcador para identificar las células de las plantas que producen con éxito el tipo de almidón buscado, que, según algunos científicos, provoca resistencia a los antibióticos en los seres humanos.
“Ya en varias ocasiones la Organización Mundial de la Salud, el Instituto Pasteur y una multitud de instituciones científicas han manifestado sus reservas respecto a utilizar estos genes marcadores”, le dijo a BBC Mundo Blanca González, Técnica de Agricultura y Alimentación de la sede de la organización Amigos de la Tierra en España.
“Al utilizarse para piensos, la resistencia a los antibióticos podría pasar a la microbiota del intestino de los animales, que luego son consumidos por el hombre”, explicó González.
Otra de las críticas que esgrimen los opositores a los cultivos transgénicos es el problema de la contaminación. “Es imposible evitar la polinización de otras especies no transgénicas con esta variedad. Esto representa un riesgo para el medio ambiente porque puede afectar la biodiversidad”, añadió la portavoz de Amigos de la Tierrra.
Precisamente, para minimizar este riesgo, la comisión impuso ciertas condiciones, como por ejemplo efectuar “el cultivo y la cosecha antes de que la planta produzca semillas”.
Si bien esta cláusula disminuye en alguna medida las probabilidades de contaminación, no las elimina por completo. Y en opinión de González, éste es un riesgo que no vale le pena correr.
“Si estuviésemos hablando de asumir un riesgo para que se contamine un maíz ecológico para dar de comer a la gente en el mundo, ningún ecologista en su sano juicio diría que no. Pero en este caso estamos hablando de poner en riesgo a la ciudadanía para que las industrias produzcan su papa y su celulosa más cómodamente”, dice González.
Primero fue el maíz
Aunque el cultivo de la Amflora ya está autorizado, cada país de la UE tiene el derecho de decidir si cultivará o no esta variedad dentro de sus fronteras.
Alemania y la República Checa, por ejemplo, tienen previsto comenzar a plantar la papa de BASF esta primavera, mientras que Suecia y los Países Bajos lo harán en los próximos años.
El otro producto transgénico que se produce a nivel comercial en el bloque es el maíz MON 810 de la compañía Monsanto, cuya aprobación fue alcanzada en 1998.
Este variedad de maíz se cultiva actualmente en España, República Checa, Rumania, Portugal y Eslovaquia.
Además de la papa Amflora, la Comisión Europea aprobó la importación y el procesamiento dentro del bloque -más no el cultivo- de tres clases de maíz genéticamente modificado de Monsanto.

“Cachetazo”
Los ecologistas no fueron los únicos en alzar la voz frente a la decisión de la comisión.
“Es un cachetazo para el 70% de los consumidores que están en contra de los alimentos transgénicos”, afirmó el parlamentario europeo alemán Martin Hausling.
Mientras que el ministro de Agricultura de Italia, Luca Zaia, advirtió que la decisión podría modificar profundamente el sector primario europeo.
“Por nuestra parte, continuaremos con la política de defensa y salvaguardia de la política tradicional y de la salud de los ciudadanos”, sentenció el funcionario.
Entretanto, distintas encuestas de opinión llevadas a cabo a lo largo de los años continúan mostrado que la mayoría de los consumidores europeos son renuentes a la incorporación de transgénicos en su territorio.

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