Otra semana con el Che: Todos los caminos conducen a Alta Gracia

Alta Gracia, Argentina.- Dicen que llueven hasta piedras frías desde el cielo de Buenos Aires, cuando aquí hay sol para calentar  la llegada del invierno. Viniendo desde Córdoba, paramos en San Roque, centro de la geografía argentina para tomarnos la foto de rigor junto a las banderas de todas las provincias en ese punto equidistante del resto y la aridez del paisaje nos sobrecoge. Los lagos y los ríos están prácticamente secos. Los árboles pierden las hojas y es ocre el conjunto que antes lucía verde, pero nadie se queja. Siempre ha sido así en los primeros meses del año. Habrá lluvia antes de que todo se seque definitivamente.Alta Gracia hace honor a su nombre. No por gusto la han buscado siempre los que necesitan aire fresco para sus pulmones. Incluida la familia Guevara, que se asentó aquí al primer ataque bronquial del  primogénito de Ernesto y Celia. Aquí vivió Ernestito desde 1932 hasta 1943, once años cruciales en la formación de quien sería con los años ejemplo de un hombre que esculpió su personalidad con delectación de artista.

Nueve años de esa década extendida los vivió la familia en el número 501 de la calle Avellaneda, donde desde el 14 de julio de 2001 se levanta el museo más abarcador de toda la vida previa a la leyenda guerrillera.

Hay otra casa en el mismo barrio que pudo tener el privilegio. Tiene el  número 532 en la puerta y aunque ahora luce abandonada, debe haber sido de las más atractivas y elegantes de su época. Calica Ferrer, cuyo padre atendía las dolencias respiratorias de Ernesto, la llama “la casa de los ruidos” y explica por qué.

A Ernesto Guevara padre le gustaba más, con su imponente edificio de dos plantas y su aire distinguido, pero la guita no alcanzaba para el alquiler. Hasta que le contaron de los rumores sobre ciertos ruidos fantasmales que alejaban inquilinos. El viejo pidió rebaja por el riesgo y allí vivieron algunos meses para confirmar que el ruido no era otra cosa que una queja intermitente de las tablas antiguas del palacete.

Villa Nydia, la sede del museo es otra cosa. Una sola planta, habitaciones cálidas y la historia que creció entre sus paredes. A mano derecha,  después del umbral, está la habitación donde el Che espantaba la asfixia leyendo a Julio Verne, Emilio Salgari y otros autores. Al lado, la de sus hermanas, que ahora se llama Sala Alberto Granado. Allí están las fotos de sus dos viajes por América y las cenizas del compañero de ruta, cuya familia ha venido desde La Habana para cumplir la última voluntad del  Petiso, leal hasta la muerte.

La víspera hubo un conversatorio inapresable e insuperable a cargo de Calica, Pombo y Víctor Dreke.  El sobreviviente de la guerrilla boliviana narró las últimas horas del 8 de octubre de 1967.  Estremecido, el auditorio de más de 200 personas aplaudió la charla con pasión y respeto.

Era la parte central de la octava edición de la Semana Che Guevara que se celebra aquí anualmente y que también contó con los testimonios familiares de Juan Martín y Ramiro, los hijos más pequeños del viejo Ernesto. Ambos trabajan en el proyectoLos caminos del Che que las secretarías de Cultura y Turismo están promoviendo en todas las localidades argentinas que tienen algún  vínculo con la vida del líder revolucionario.

De esas rutas, la más recorrida hasta hoy es la que conduce hasta Alta Gracia, cuyo museo Casa del Che recibe anualmente más de 100 mil visitas. De las dos más importantes hay una constancia gráfica amplia y una hermosa placa. Fue la que hicieron juntos Fidel Castro y Hugo Chávez el 22 de julio de 2006.

Este año el acontecimiento de la octava semana en homenaje al ejemplar argentino es la ceremonia de colocación de las cenizas de Alberto Granado en la sala que lleva su nombre en el  hermoso museo.

Decenas de guevaristas están en Alta Gracia para asistir al instante solemne en que se junten otra vez Alberto y Ernesto. Los ausentes por razones de salud o trabajo han enviado mensajes y hay algunos tan hermosos como este:

Estimados amigos, querida familia:

 

Mucho lamento no tener la posibilidad de pasar por allí. Estoy con funciones de teatro y realmente, después de mucho intentarlo, caí en la cuenta de que sería imposible. Sepan que estaré acompañándolos desde aquí.

Lo que fue Alberto y sigue siendo en mi vida significa mucho. Sin temor a quedar cursi y rimbombante, él fue de las más bellas y entrañables páginas de mi vida. Me enseñó muchas cosas, pero acaso lo más destacable era esa capacidad de estar profundamente comprometido con sus ideales a la vez que su alegría lo inundaba todo.

Qué bueno fue conocerte, tenerte de amigo. Te recordaré siempre, con tus ojos pícaros, tus brindis inminentes y tus tangos en gatera.

Hermano, siempre estarás a mi lado, sabé que tu imagen acompaña a todo un movimiento de jóvenes en lucha y en recuperación de espacios para el arte en mi pueblo de Ingeniero Maschwitz. Tu imagen junto a la de Fúser.

Siempre estarás en mi corazón.

Gracias por tanta entrega.

Gracias por tanta alegría.

Te quiero mucho, hasta siempre

Rodrigo de la Serna (intérprete de Alberto en el filme “Diarios de motocicleta”)

 

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