Haga algo por favor

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 Todos los días, las selvas de África, Asia y América del Sur, ve desaparecer a sus animales autóctonos, mientras los gobiernos de esas regiones no se involucran; en una lucha abierta y masiva contra este crimen, también considerado, de lesa humanidad. Miles de cazadores furtivos se internan en la espesura, para cazar animales que se encuentran realmente en vías de extinción, pero que no les importa, si es que se les paga un buen precio.

Justamente por ser estos, animales exóticos. Según cálculos extraoficiales, este comercio ilegal puede superar los 15,000 millones de dólares anuales. Hoy en día, más de 2.000 especies diferentes de animales se encuentran en un inminente peligro de desaparición. Pero lo más grave y doloroso del caso, es que estos inescrupulosos comerciantes, utilizan métodos crueles y violentos para con sus inocentes víctimas, muchas veces injustificada.

 

Desde el momento que se produce su encierro hasta arribar a su destino final; los animales son sometidos a un mal trato realmente brutal; debiendo soportar una larga cadena de sufrimientos y como consecuencia de esto, en la mayoría de los casos, llegan a perderse entre el 75 y 85% de los especímenes en cautiverio.

Para estos animales que no pueden resistir una larga y agotadora travesía, la muerte es también una forma de liberarse de sus captores. Tras padecer hambre, sed, o haber sido drogados, sometidos a altas temperaturas en pequeños paquetes, donde apenas les llega el aire, a no ser por algunos pequeños agujeros bien disimulados.

A otros se los ha congelado o bien por ser sumamente delicados han sufrido múltiples fracturas. Para pasar desapercibidos, ante las autoridades, son escondidos dentro de los objetos menos pensados como llantas de tractor, valijas, botas, o cualquier recipiente por más improbable que parezca.

En otras ocasiones, se han encontrado animales, de mucho mayor tamaño, con bolsas de cocaína insertadas en el último tramo de sus intestinos. En tal caso, no solo las ganancias se duplican, sino que las penas carcelarias también, siempre y cuando se los atrape.

Y esto está directamente relacionado, con el nivel de corrupción que haya en el país de origen. Descartándose que sea alto ya que es justamente en las regiones ya citadas, donde más tráfico de animales existe. Y son en estos países donde se desoyen todas las recomendaciones hechas por los organismos conservacionistas de las Naciones Unidas

La ONU cuenta con una dependencia llamada CITES, en inglés, pero que se traduce como Comercio Internacional de Especies en Peligro de Extinción; y suscrito por 120 países. Sin embargo, el aeropuerto de Nueva York, es uno de los más usados por este negocio ilegal y sus agentes no detectan ni el 20% de dichos envíos. Crease o no.

La desmedida avidez de los traficantes, está ampliamente compensada cuando un papagayo que en Brasil, Colombia, Paraguay o Perú, se consigue por apenas diez dólares; mientras que su precio por menor puede rondar hasta 3,500 dólares en Nueva York, París, Londres o Tokio.

El tucán, ave característica de la selva peruana, brasileña o paraguaya, llega a venderse en unos 2,500 dólares; un pájaro campana (Procnias nudicllis), ave nacional de Paraguay y cada vez más raro de ver en las selvas sudamericanas, puede valer sin exagerar, U$S 4.000 dólares.

Un puma o un jaguareté, animales difíciles de cazar y transportar, debido a su tamaño, oscila entre los U$S 30/40.000. Similar caso de un caimán venezolano o un yacaré paraguayo, por el que estaríamos hablando de unos 5,000 dólares. Así también que los precios irán trepando en la medida que estos sean sumamente raros, como podría ser un tagua (Catagonus Wagneri).

Existe otra variante más doméstica. Que los animales sacados de su hábitat natural, y ser llevados en cautiverio hacia los distintos puntos de nuestro país. Muchos se comercializan en “puntos express”, es decir que se colocan en una esquina y a la menor señal de peligro, huyen despavoridos, con todos sus bichos a cuestas.

También suelen aparecer en las vidrieras de algunas “ñembo veterinarias”, cuyos dueños, sin escrúpulos, también son cómplices del tráfico de animales. Generalmente allí se pueden encontrar animales no tan exóticos, por lo tanto, sus precios son más accesibles como los distintos tipos de loros, canarios, palomas, patos, halcones, águilas y búhos.

Cotorritas o periquitos australianos son la debilidad de los niños más pequeños, ya que poseen la rara habilidad de hablar e imitar sonidos. Sin olvidar a las cacatúas, los grandes papagayos o los guacamayos de impresionante colorido. Todos los animales que son muy maltratados o se encuentran en un estado deplorable terminan en alguna clínica veterinaria para luego pasar al Jardín Zoológico, previa denuncia en la Secretaría del Ambiente (SEAM).

En Alto Paraná, cada tanto llegan informes sobre el decomiso de animales silvestre por parte de la gendarmería argentina. Las aves son las preferidas de los traficantes, seguidas de las tortugas, monos y hasta venados, sin dejar de mencionar los anfibios, las serpientes y avestruces. Así como también son llevados hacia el mercado brasileño, a través del lago de Itaipú.

El tráfico de animales, especialmente aquellos que se encuentran en vías de extinción suponen un hecho punible de infracción a la Ley 716/96, que establece penas penitenciarias de 6 a 18 meses y multas por violar vedas y pausas ecológicas. Sin embargo en nuestro país, las leyes están especialmente ideadas para ser quebradas.

Mientras que en Argentina y en Brasil, para el mismo hecho, existen severísimas penas y una gran campaña institucional para delatar a los delincuentes. En nuestro país, el rico patrimonio de fauna y flora, desaparece día a día sin que nadie haga nada. Ya no falta mucho para que nuestros hijos y nietos conozcan a su país solo por fotos, como le pasó a sus bosques, a sus monumentos históricos y a todo los que es realmente nuestro. Así que ya podemos empezar a decir, por triste que sea: Chau bichos.

 

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