De cazadores y contrabandistas a protectores en el Congo

El equipo compuesto por contrabandistas reformados rastrea a los atacantes dentro de un área de más de 13,000 kilómetros cuadrados
“Los cazadores furtivos usualmente esconden armas en los campamentos de pescadores”, nos indica Mathieu Eckel mientras los inestables botes metálicos de su unidad anticontrabando viajan a toda velocidad por uno de los ríos que cruza por el Parque Nacional de Odzala-Kokoua.
Las aguas turbias del río están asombrosamente bordeadas por varios tonos de verde y frondosas enredaderas en este remoto rincón de la República del Congo.
Mientras la unidad de guardabosques sale de un recoveco, Eckel da la orden de apagar los motores. Nos acercamos al primer sitio sospechoso. Los botes flotan silenciosamente en medio de los ruidos del bosque.
El equipo ataca silenciosamente, pero el campamento está desierto.
Uno de los miembros del equipo revisa las cenizas. “Aún están tibias, deben haber partido temprano por la mañana; los perdimos por un par de horas”, dice.
El escenario se repite durante ocho calurosas y arduas horas.
Luego, de repente, la unidad detecta humo que flota detrás de un rincón. Corren a la costa, se dispersan y en cuestión de segundos suena el primer disparo. Los hombres corren por el terreno denso y confuso; se abren paso por la maleza y cruzan aguas someras mientras suenan más disparos en el bosque.
Lleno de adrenalina, el guardabosques Brice Moupele recrea animadamente lo que ocurrió cuando vio a los contrabandistas.
“Les grité: ‘¡Alto, alto!’ y disparé al aire”, cuenta.
“El hombre trató de dispararme. Lo derribé y tomé su arma, pero logró escapar”. Moupele muestra felizmente el arma capturada.
El equipo encuentra la canoa de los contrabandistas; está llena con carne fresca de elefante. Un guardabosques levanta un trozo de la trompa del elefante, de la que aún gotea sangre. Levanta grandes trozos de carne de elefante en busca de armas y colmillos en el fondo de la canoa.
“Esto es lo que usan para cortar los colmillos”, dice Eckel mientras sostiene un hacha sangrienta.
Es un recordatorio perturbador del tráfico que ha dañado la población de elefantes del parque. El grupo no lucrativo, African Parks —que dirige el parque Odzala— calcula que África central ha perdido el 62% de su población de elefantes de bosque durante la última década. En la semana que pasamos en el parque, solo vimos uno vivo.
“El marfil que encontramos, es menos del 1%”, calcula Eckel. “En esta zona es mucho dinero. Es muy difícil calcular, pero tal vez matan a un elefante o más al día”.
Eckel describe la lucha para proteger lo que queda como una guerra de guerrillas en la que participan solo 76 guardabosques que patrullan un área de 13,500 kilómetros cuadrados. Apenas se dan abasto, pero un 40% de los miembros del equipo eran cazadores furtivos.
“Están realmente motivados para detener la caza furtiva y saben cómo trabajan los contrabandistas, así que para ellos es más fácil descrifrar sus pensamientos”, explica Eckel.
Esto es parte de un programa que Eckel desarrolló durante el último año, en el que otorgan amnistía a los cazadores furtivos si entregan sus armas y confiesan. Sin embargo, es difícil de implementar en una zona en la que las aldeas viven del contrabando y no tienen alternativa.
Los éxitos de la unidad no les han dado otros adeptos. Los miembros a menudo terminan por perseguir a sus vecinos, a sus amigos e incluso a sus familiares. Todos han recibido amenazas.
Frank Bolangonga nos cuenta que tres hombres atacaron a su esposa en una calle oscura en su aldea.
“Fue a comprar petróleo al mercado”, cuenta. “Cuando regresaba a casa la atacaron; trataron de violarla, pero ella fue fuerte. Retrocedió, rompió su vestido y huyó”.
Las amenazas son peores después de los arrestos y las redadas; así ocurrió luego de que el equipo arrestó a Gishlain Ngondjo, mejor conocido como Pepito.
Vianney Evoura, quien solía contrabandear para Pepito en 2004, testificó en su contra en un tribunal. Viven en la misma aldea y los familiares de Pepito han jurado venganza.
“Su madre juró que me envenenaría”, dice Evoura. “No salgo cuando está oscuro a menos que vaya con otras cinco o seis personas; no como fuera de casa. Siempre estoy alerta”.
El cuartel general de African Parks está a solo 10 minutos en auto de la aldea de Pepito, lo que ha obligado a Eckel a enviar lejos a su propia familia.
“Hubo amenazas de ataque contra el campamento en el que vivimos; mi familia estaba conmigo entonces. No quiero arriesgarlos a causa de mi trabajo”, nos cuenta.
Pero el mayor reto para Eckel y su equipo es la corrupción en el gobierno. No confía ni un segundo en que el gobierno siga las pistas que obtuvieron en la captura del campamento de los contrabandistas.
El equipo encontró cuatro armas; una de ellas es de uso militar, de acuerdo con Eckel. Todas las armas que la unidad tiene en su arsenal —una mezcla de las que han entregado en el programa de amnistía y las que han sido confiscadas en las redadas— provienen en gran medida de los arsenales militares.
“Las fuerzas armadas venden armas a los contrabandistas”, afirma Eckel. “A veces encontramos a los militares con sus armas dentro del parque”.
En una zona en la que el límite entre contrabandista y protector tiende a borrarse debido a los lazos familiares y de comunidad, a veces el equipo no puede confiar ni en las personas más cercanas.
“Para encontrar esto en el Congo necesitas mantener el contacto entre los guardabosques”, dice Eckel mientras muestra una brújula que encontró en el campamento de contrabandistas. “Es de plata y no es vieja”.
Durante la redada también encontraron un teléfono celular.
El equipo incendió el campamento para dejar un mensaje y emprende la retirada por el río mientras remolcan la canoa de los contrabandistas. Las llamas brillantes devoran las chozas.
Sin embargo, esto no ha terminado.
A la mañana siguiente, Eckel se dedica a trazar un mapa en la arena y a planear la mejor estrategia para colocarse en posición. Uno de los números que encontraron en el teléfono pertenece a un conocido comerciante de carne de animales silvestres.
“Tuvimos un contacto inicial por teléfono y acordamos reunirnos”, explica Eckel. “Fingimos ser el contrabandista y él cree que realmente lo somos”.
Es una emboscada. Al bajar a toda prisa por el camino, el equipo detecta al comerciante a bordo de su motocicleta. Le gritan y le apuntan con las armas, lo obligan a detenerse.
“¿Cómo justificas que un contrabandista tenía este teléfono con el que te llamamos?”, pregunta Eckel al comerciante. “Decías que querías recoger el material, marfil”.
“No sé quién me llamó”, afirma el comerciante. “Todos en la aldea tienen mi número”.
El celular suena, lo responde un guardabosques que finge ser el contrabandista sospechoso. Agitada, la persona que está del otro lado de la línea lanza una advertencia.
“Saca todas las armas del campamento del río, encontramos a los guardabosques en el puerto chico”.
Mientras tanto, el comerciante cede y da el nombre y ubicación del dueño del celular.
“Están allí, allí viven. Es un hombre joven”.
El equipo solo arresta a dos hermanos y los llevan a uno de los puntos de revisión del equipo. Uno confiesa que es dueño de uno de los rifles que encontraron en el campamento, pero ambos niegan haberle disparado a los guardabosques y se niegan a dar los nombres de los otros miembros de la banda.
Los esposan y los llevan a prisión.
Cuando regresamos a Brazzaville, entrevistamos a Henri Djombo, ministro de Economía Forestal y Desarrollo Sustentable, y le preguntamos sobre las acusaciones de corrupción descontrolada.
Negó la complicidad directa de las fuerzas armadas, pero reconoció que el gobierno debe hacer una limpieza en sus filas.
“Sí, es cierto que hay cómplices en el tráfico ilegal de vida silvestre, que no es fácil”, nos dijo.
Insiste en que el gobierno está comprometido con la lucha contra la corrupción y con poner fin a la cultura de la impunidad en la caza furtiva.
Pocos días después de haber arrestado a los dos hermanos, sus familiares dieron los nombres del resto de los integrantes de la banda con la esperanza de sacar de prisión a los hermanos.
Con base en esa información, la unidad ejecutó otra redada. Uno de los guardabosques resultó gravemente herido porque un sospechoso de contrabando lo arrolló con su motocicleta cuando intentaban arrestarlo.
Mientras el equipo llevaba al guardia herido al hospital, los miembros de la banda incendiaron el campamento de los guardabosques en el punto de revisión.
Allá afuera, la guerra por el tráfico del marfil es violenta y personal.

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